| La Universidad: ámbito de búsquedas, morada de ideas e ideales |
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por Armando Fernández Guillermet Texto del discurso leído por el autor, en su carácter de Presidente del Comité Ejecutivo del Foro Bariloche, en el Acto de Asunción de las nuevas autoridades del Centro Regional Universitario Bariloche (CRUB) de la Universidad Nacional del Comahue. El Acto tuvo lugar en la sede del CRUB en San Carlos de Bariloche, el 12 de mayo de 2010 a partir de las 11:00. Se me otorgado el honor de dirigir a Uds. unas palabras en el Acto de Asunción de las nuevas autoridades del Centro Regional Universitario Bariloche de la Universidad Nacional del Comahue. Iniciando este breve mensaje desearía expresar el saludo y reconocimiento del Foro Bariloche para la Educación Superior, las Ciencias, las Tecnologías y la Cultura, por la constante participación de esta casa en las actividades que condujeron a la creación del Foro en noviembre de 2007, y por acompañarnos desde entonces. Junto con el reconocimiento al Decano saliente y a quien hoy completa su gestión a cargo de la Secretaria Académica, que ha cumplido una destacada actuación como Coordinadora de la Comisión de Educación de nuestra asociación, desearía expresar la expectativa de seguir contando con la participación del Centro Regional Universitario Bariloche en el desarrollo de nuestro Foro. En segundo lugar, desearía acercar a la apreciada comunidad aquí reunida el saludo del Consejo Universitario de Ciencias Exactas y Naturales (CUCEN), que es una asociación nacional con características de red de cooperación entre Unidades Académicas. El CUCEN, creado en noviembre de 2003, impulsa desde entonces la consolidación en Argentina de un espacio dialógico multidisciplinario en favor de la articulación solidaria para el desarrollo integral de estas ciencias. Teniendo en cuenta las reconocidas contribuciones del Centro Regional Universitario Bariloche al desarrollo del área, desearía transmitir a las autoridades que hoy inician su gestión la expectativa esperanzada de que en el futuro próximo podamos contar a esta Unidad Académica de la Universidad Nacional del Comahue entre los miembros activos de nuestro Consejo. En la segunda parte de este mensaje, quien tiene el privilegio de usar la palabra afronta el desafío inmenso de referirse a las posibles significaciones del Acto que nos convoca. Y ello me lleva, en primer lugar, a reconocer que estamos frente a un comienzo, es decir, viviendo uno de esos momentos en que el espíritu se obstina en proyectar, en elevarse, en confiar y en animarse a inaugurar una nueva esperanza. Por eso las palabras con que en un momento concluiré este mensaje estarán destinadas, precisamente a nuestras esperanzas. Pero ahora, completando la expresión anterior, diría que se trata del comienzo de una etapa en la vida de una comunidad universitaria, sabiendo que al decir Universidad, así, en general, estamos aludiendo a un contexto institucional habitado, desde su nacimiento, por las ideas y los ideales. En efecto, la Universidad surgió en Occidente hace unos nueve siglos como una corporación de maestros y estudiantes dedicada al cultivo del saber; una suerte de fraternidad que se daba a sí misma un esquema jurídico que regulaba actividades tales como la elección de su cuerpo de profesores, la renovación de sus autoridades y los derechos y obligaciones de sus miembros. La Universidad medieval, como comunidad de enseñanza e indagación, nació entonces con una vocación de autonomía con respecto a los poderes establecidos. Durante sus nueve siglos de vida, la Universidad experimentó diversos procesos de cambio (cuyos detalles no podemos abordar aquí), que reflejaron, entre otros, el efecto de la tensión planteada entre, por una parte, la posibilidad de adaptarse a las expectativas y exigencias del entorno social, político, cultural o económico, y, por la otra, el sostenimiento de ideales y tradiciones considerados irrenunciables. En particular, junto al ideal de autonomía, de libertad de investigación, de creación y de expresión de la subjetividad, se afianzó progresivamente la valoración de la vinculación y el compromiso solidario con la sociedad, lo cual se ha manifestado en el crecimiento de las actividades universitarias de extensión y transferencia. En términos generales podría decirse que en virtud de tales cambios y tensiones, las actuales comunidades universitarias orientan hoy su accionar atendiendo a diversas constelaciones de valores y objetivos, restricciones y demandas, las cuales añaden una dimensión de complejidad a la vida institucional; una complejidad interna que se conjuga (amplificándose a veces) con las demandas, posibilidades, restricciones, riesgos e incertidumbres que nos impone el mundo que nos dejó el siglo XX; una complejidad integral que incrementa las tensiones y las exigencias sobre los diversos planos y mecanismos de que depende el desarrollo institucional. Y son esos escenarios de creciente complejidad, apreciados Colegas, los que constituyen el marco en el cual nosotros, miembros de comunidades universitarias, proyectamos y actuamos, guiados también por convicciones, ideales y esperanzas. Llegado a este punto, me dispongo a cerrar este mensaje retornando al significado del comienzo institucional que ahora celebramos. Y concluiría simplemente nombrando algunas de esas convicciones, ideales y esperanzas a que acabo de referirme. Pero las palabras finales, que deseo ofrecer como mi sentido homenaje a esta apreciada comunidad, no tendrán el espíritu del alegato, la proclama o la exhortación; tendrán más bien el tono de la confidencia, el tono con que compartimos anhelos, el tono de nuestras íntimas invocaciones. Con ese espíritu nombraría, en primer lugar, la convicción de que en el núcleo vivo de esa labor sin término que denominamos Educación laten exigencias de claridad y de verdad que reclaman un encuentro profundo con los otros; y que la tarea educativa depende crucialmente del compromiso y la entrega personal de todos, porque se sostiene en la voluntad compartida de ayudarnos unos a otros a ser mejores, de enseñarnos unos a otros a apreciar y a necesitar el saber, la cultura, la creación, la libertad y el crecimiento interior. Proseguiría nombrando el ideal de crear, preservar y defender ámbitos educativos que hagan posible el desarrollo de todo nuestro ser; ámbitos donde se cultive y exalte la inteligencia, el saber y la indagación sin límites, y donde también se cultive y se proteja la delicada humanidad de las personas; ámbitos donde encuentren cabida, aceptación y amparo los anhelos humanos más profundos de comprensión, armonía, afecto y plenitud. Nombraría a continuación el ideal de crear y preservar espacios para el diálogo sin restricciones y la reflexión compartida; ámbitos de encuentro, expresión y escucha atenta; ámbitos de manifestación, respeto y cultivo de las diferencias y diversidades; ámbitos en los cuales sea posible construir respuestas humanizantes a las tensiones, exigencias y violencias de nuestro tiempo; espacios de exaltación de la igualdad, la valoración y el cuidado del otro. Finalmente, y pensando en nuestro ser de caminantes en este mundo de complejidades, plantearía el anhelo de que el desaliento que a veces nos invade no nos oculte la inmensa fuerza que anida en nuestra propia fragilidad; evocaría la esperanza que renace en nosotros al saber que aún en los tiempos de oscuridad se avivan y se alzan los fuegos antiguos del ideal y de la utopía; esa misma esperanza que en los tiempos grises en que campean la mezquindad, la indiferencia y el desamor renace una y otra vez cuando vemos brillar, como llamas solitarias, el compromiso y la entrega de los espíritus más grandes. Muchas gracias. |
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